¿Has sentido alguna vez que estás en una carrera contra reloj?
La vida puede ser muy estresante a veces. Los problemas nos acechan, la ansiedad nos abruma y poca energía nos queda para disfrutar de las bendiciones que recibimos. Ante esto, Pablo nos dice: “Por nada estéis afanosos”. Esa es la primera parte de la instrucción, un llamado a no ser esclavos de la ansiedad y la preocupación. ¿Pero cómo logramos eso? Pablo nos brinda el antídoto: “sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. ¡Qué hermosa y práctica instrucción! Cuando enfrentamos dificultades, en lugar de dejar que la ansiedad nos consuma, debemos acudir al Señor en oración. La oración es nuestra conexión directa con el Padre celestial. Debe ser como tomar un momento para hablar con nuestro mejor amigo, aquel que nos conoce mejor que nadie y que siempre está dispuesto a escucharnos. No importa cuán grande o pequeña sea la preocupación, podemos presentarla delante de Dios. No se trata de negar nuestras necesidades, sino de entregarlas a aquel que puede solucionarlas. Y en medio de todo esto, ¿ves el poder de la acción de gracias? Cuando agradecemos, cambiamos nuestra perspectiva, dejamos de enfocarnos en lo que nos preocupa y ponemos la mirada en el Creador. A pesar de las dificultades, Dios siempre ha estado presente y ha sido fiel. Este versículo nos llama a acercarnos a Él con un corazón abierto y confiado. Nos recuerda que no estamos solos en nuestras luchas y que podemos encontrar paz en medio de las preocupaciones. Así que, en lugar de permitir que la ansiedad nos robe la paz, hagamos nuestras peticiones delante de Dios, agradeciendo por todas las bendiciones que ya hemos recibido. ¡Él responderá! ¡Créelo!

