La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y la esclerosis múltiple tienen cura. Este es mi testimonio. Ramón Augusto

El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91)

Por Ramón Augusto

26/09/2024

Me estaba bañando y de repente recordé que debía orar por mis hermanos. Oré por cada uno de ellos y se me ocurrió algo: Quizá en vez de orar cada día por ellos, debía elevar una oración para pedir protección por cada uno de los días que tienen por delante hasta llegar a Jesús… hasta que estuvieran a salvo! Quiero aclarar que esto no se me ocurrió por pereza. La idea no procedía del deseo de desprenderme de mi oración diaria por ellos. Esta idea respondía al temor de olvidar orar por ellos. ¿Qué pasaría si un día lo olvidaba y en mi descuido les pasara algo? Este pensamiento me ha perturbado una y otra vez desde mi conversión. Estuve en las tinieblas y conozco el terror. También conozco la misericordia de Dios. Y conozco el poder de la oración. Por eso trato de no descuidar un solo día mi oración por ellos. La batalla por nuestras almas es feroz en los cielos; en la tierra a veces lo olvidamos. Así que comencé mi oración y pedí protección por cada uno de mis hermanos, luego por mis sobrinas y el resto de mi familia. Mi oración llegó incluso a algunos parientes super lejanos, hasta que entendí que debía salir del baño y continuar mis tareas. Allí mismo recordé que debía orar por mi propia protección. Le pedí a Dios que me proteja en cada uno de mis días por delante. Al hacerlo recordé el Salmo 91 y sentí la presencia del Espíritu Santo. Al instante pronuncié la palabras:

El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.
 
Al pronunciar estas palabras, no puede evitar conmoverme. Lloré y repetí estas palabras:
 
El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.
 
Esta vez lo hice con más fe y recordé el segundo versículo:
 
El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.
Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;
Mi Dios, en quien confiaré.
 
Salí del baño y seguí repitiendo estas palabras, una y otra vez, cada vez con más fe. En mi mente le dije al Espíritu Santo que no quería perder esa sensación de paz que me inundaba. Su respuesta no fue audible, no fue en palabras, no fue en ideas… su respuesta fue en gozo puro, amor a mi creador. Me sequé, me vestí, tomé mi Biblia y me arrodillé. Fui hasta el Salmo 91 y lo leí completo, en voz alta. Mientras leía, comprendí que mucha gente necesitaba oír lo que me acababa de ocurrir. Comprendí que mucha gente necesitaba el consuelo que acababa de recibir. Así que decidí publicar este artículo. Creo que el Espíritu Santo puso en mi corazón esta decisión. Espero que haya sido así. Espero que su consuelo llegue hasta ti.
Ramón Augusto
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