¿Vive Cristo en ti?

Esta no es una pregunta retórica. La Palabra de Dios afirma que Jesús pagó por nuestros pecados y que, al aceptar su gracia, su Espíritu viene a morar en nosotros. Es un gran misterio, quizá incomprensible para el intelecto, pero no por ello menos verdadero. En este versículo, Pablo expresa un profundo agradecimiento por el sacrificio de Jesús en la cruz. Tan profundo que, en un acto de renuncia a sí mismo, se declara “juntamente crucificado” con Cristo. Para comprenderlo, imaginemos un tribunal celestial. En ese tribunal, el fiscal presenta un registro de todas las veces que has quebrantado las leyes de Dios. Es un largo catálogo de pecados y rebeliones contra Dios. Pasas al estrado y presentas todas tus buenas intenciones, tus buenas acciones y todas las leyes que has logrado obedecer. Te defiendes lo mejor que puedes, pero es inútil. La paga del pecado es la muerte. La justicia de Dios es perfecta y el veredicto implacable. En ese momento, aparece Jesucristo, el Hijo de Dios. Se presenta como tu abogado. Él se para frente al tribunal y dice: «Sí, estas acusaciones son ciertas. Esta persona ha pecado y ha quebrantado la ley. Pero yo he cargado sus pecados en la cruz. Yo los he pagado con mi propia vida». El tribunal mira hacia Jesús y ve las cicatrices en sus manos y pies, los vestigios de la corona de espinas en su cabeza, la herida en su costado. Ven la evidencia de su sacrificio. Inesperadamente… ¡el veredicto cambia! ¡El tribunal te declara inocente! ¡Apenas lo puedes creer! ¡En el último minuto te has salvado de la condenación eterna! Tus rodillas aún tiemblan. Buscas a tu Salvador y lo miras a los ojos. Con veneración, con lágrimas, declaras en tu mente las mismas palabras de Pablo.

¡Encuentra la salvación!

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Apocalipsis 3:20